Jue. Jun 30th, 2022
Aficionados del Atlético de Madrid muestran banderas durante un partido europeo contra el Manchester United en el estadio de Old Trafford.

“Black Lives Matter” fue un grito unánime en el mundo contra el racismo, destacando las icónicas imágenes de los jugadores de baloncesto de la NBA hincando su rodilla en el suelo antes de cualquier partido. Les sucedieron miles de deportistas replicando este gesto de compromiso social y político por la igualdad en cualquier rincón del mundo.

Lebron James pidiendo el voto por Hillary Clinton, la negativa de Stephen Curry de acudir a la recepción oficial de Trump en la Casa Blanca o el jugador de fútbol americano, Colin Kaepernick, agachándose ante el himno americano. Una serie de casos que sería impensable en España, donde apenas hubo movilización del mundo del deporte con las personas de raza negra, incluso siendo compañeros y compañeras de equipo.

Aquí se aplica de forma indisimulada una ley del silencio que impide que los deportistas expresen opiniones que tengan cualquier atisbo de parecerse u homologarse a un posicionamiento político, más aún si se hacen desde una visión progresista. El señor Don Dinero es muy poderoso a través de la presión de patrocinadores, agentes y demás establishment. Donde aquí ven un problema, en otros países lo observan como algo cotidiano. La creación de personajes sin ideas va camino de convertirlos en personajes que no tienen valores. Mientras que en el fútbol es muy notorio, en el baloncesto o tenis se expresan con algo más de normalidad; el compromiso social de los hermanos Gasol, las posiciones conservadoras del tenista Feliciano López o, recientemente, las decisiones de jugadores de baloncesto de equipos rusos que han abandonado sus contratos como rechazo a la invasión de Ucrania.

Cuesta comprender que muchos deportistas de elite no tengan opinión alguna sobre lo que ocurre en su país o en el mundo, como si vivieran en otro planeta.

Puede que otros muchos las tengan, aunque callen para evitar la presión mediática por hacerlo. Cuesta comprender que esos y esas deportistas de elite no tengan opinión alguna sobre lo que ocurre en su país o en el mundo, como si vivieran en otro planeta.

En el mundo del fútbol, que mueve miles de millones de euros en nuestro país y que ocupa la práctica totalidad de la atención mediática, se permite con normalidad la presencia de radicales en los estadios que, con total permisividad por muchos clubes de fútbol, exhiben racismo y xenofobia, pues la ultraderecha campa a sus anchas.

Véase a los seguidores del Frente Atlético, que exhibían banderas franquistas en Old Trafford el pasado martes y en todos los partidos en el Wanda Metropolitano. El mismo grupo radical al que pertenecían los que asesinaron a un seguidor de la Real Sociedad y otro del Deportivo de La Coruña. Y ahí siguen, con zona reservada en el estadio, entradas para los desplazamientos del equipo y la complicidad de la mayoría de los jugadores y el club. Jamás se ha cerrado un estadio de futbol en España por racismo y xenofobia.

La única sanción en la historia de La Liga de Futbol se produjo por llamar “nazi” a un jugador que había demostrado con declaraciones públicas e imágenes en redes sociales su total simpatía con grupos paramilitares de índole nazi. Los seguidores del Rayo Vallecano que jamás han pronunciado un cantico racista fueron los sancionados, así es el futbol español.

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Author: Daniel Viondi